viernes, 5 de octubre de 2007

TU Y LAS DESAPARICIONES DEL MUNDO...



No te conozco, si acaso unas cuantas imágenes y todas las palabras que desde hace años alimentan la virtual pasión por la posibilidad que representas.

La vida es enajenante cuando danzas en un mar de obnubilados pensamientos y así te dibujo en la oscuridad de un suicidio aplazado, siento tu angustia colapsada en el tormento de intentar hacer lo que todos, un trabajo, una familia, una casa, ese tiempo en que pareces otro y no el que aparece cuando escribes.

Uno debe cortar y partir de cero, cortar con bisturí la piel que se ha vuelto dura, cortar y raspar hasta el hueso las obsesiones, aunque las cicatrices siempre habrán de recordarlas. Hace años la vida era otra cosa, la negación pura, destrucción de todo lo que hubiera magnificado la intensidad del dolor. La vida era una puta en venta, una mujer ociosa que va de piel en piel buscando olvido. Luego la redención, la estúpida redención que todo mal pecador busca al final de su calvario.

Mil años parecen desde la última vez que un suspiro tuvo trascendencia. El hastío ahora es un olor cotidiano, un estar harto que sin embargo ayuda a prevalecer en la vida austera y obligada que se elige por querer preservar la especie y querer hacer las cosas bien. Veo a mi alrededor y ciertamente el mundo sigue siendo un botadero de miserias que día con día crece en hedor, en población de moscas girando en torno a miembros descompuestos.

Cada miembro representa las ilusiones vagas perdidas en la infancia, el conocimiento real de lo que hoy se ha vuelto una tradición: el siglo XXI es el de la desaparición, el de la muerte por aniquilamiento esencial. Nada entra y todo se expulsa, empezando por la comida. Observo con extremo cuidado a las chicas, pequeñas o no, todas las mujeres buscan desaparecer, a veces también los hombres. Controlan lo que entra al grado de purgarse incluso las moléculas si eso ya les fuera posible. Mientras más ligera sea la figura más fácil será vagar por este mundo donde incluso lo sagrado se ha vuelto anuncio espectacular. Miras de arriba hacia abajo, miras el encuadre de la cámara o la pantalla, miras la imagen ajena de alguien que crees ser tu pero la percepción se disfraza a través de todos los artilugios posibles.

La desaparición del cuerpo, de la grasa, de esas curvas que nos hacían más prominentes y a la vez voluptuosas es seguida por la lenta muerte de una creencia: no vales si no has logrado ponerte en el aparador, no vales si no es en un escaparate donde esperas que vengan a ofrecer la suma más cuantiosa, no vales si no te pareces a la figurilla de moda, no vales sino es por asociación, porque necesitas toda la serie de objetos y relaciones que te pondrán en el lugar adecuado, a la hora exacta, sobre la gran estrella por la cual has luchado tanto.

Comienzo pensando en ti y termino observando el mundo. Tus ojos son los prismáticos que me han llevado al holocausto de la reflexión. Te pienso como el ser con el cual podría tener conversaciones eternas. Sin embargo he dicho que no te conozco y muy apenas sé que existes, a través de esta segunda vida que tenemos gracias a un cable, gracias a una luz eléctrica que invade nuestras pantallas. Ausentarme de ti es pensar qué estarás haciendo en tu mente, que será lo que te aleja, lo que nos obnubila. Tengo miedo de conocerte, así como el miedo es parte natural del instinto de conservación.