domingo, 7 de octubre de 2007

El interior de un hombre se asemeja mucho al de la ostra: desagradable, blanducho y difícil de agarrar… Difícil es descubrir el hombre: más difícil todavía para sí mismo; con frecuencia miente el espíritu a propósito del alma. He ahí la obra del espíritu de la pesadez. Más el que dice: éste es mi bien y mi mal, éste se ha descubierto a sí mismo; con estas palabras ha hecho callar al topo y al enano que dicen: -Bien para todos, mal para todos-. Pp. 199
Así hablaba Zaratustra, Nietzsche.
La revelación número 23: Quieres ver una suma de números donde solo hay letras: 23 letras del alfabeto Hebreo... ¿cuantas de la Kábala?... ¿Quieres ver redención en el sacrificio?... ¿Quieres creer en la figura mítica de un hombre que muere por amor al prójimo?... ¿Quieres morir pensando que Dios desea hagas su voluntad?
Es facíl creer en Dios, en las revelaciones, en las cosas que dan sentido mágico a la vida. No hay que olvidar que como todo lo existente, Dios nació de nuestra necesidad de magia, pero luego el Dios vuelto institución habría de negar la magia en pos de una dominación más universalista, al igual que todo mito vuelto creencia, las palabras del bien y del mal nos han de parir por varios siglos más, hasta que los seres hayan evolucionado o vuelto un poco más al inicio: no es bueno ni malo, sino natural, que grandes oleadas de energía olística produzca la destrucción de la tierra. No hay bondad ni maldad en que una perra se coma sus cachorros cuando la naturaleza le hace saber que no podrán sobrevivir por su propio desempeño.
Si las madres del mundo fueran como estas perras no tendríamos problemas de sobrepoblación.
Realmente si actuaramos más allá del peso que nos brinda la idea del bien y del mal, la teología de las entidades que lograron todo un paradigma de asociaciones binarias (duales), nos dariamos cuenta de que interiormente no tenemos nada que temer, no tenemos nada parecido a una conciencia primigenia que nos dicte lo que este bien y mal. El hombre que ha asesinado lo sabe, puede vivir con ello. Alguien que ha estado a punto de matar también lo sabe, pues hay una delicia última en el poder arrebatar con tus manos la vida de otro ser, pues en ese momento en que tu voluntad se ha puesto por encima de la otra, te pertenece. Lo mismo sucede con el lobo que mata para comer, sólo que en este caso nosotros creemos que al no ser una necesidad primaria lo que nos hace matar, entonces es terrible, es pasar por el derecho divino y supremo del otro, su vida, pero si se viera como mero acto, sin cuestiones morales de por medio, actuar sobre la vida de otro es demostrar que tu propia vida se afirma un poco más, es quizá más necesaria, más potente, que aquella a la cual puede darle fin. Pensar así sería como remontarnos un poco a Hitler, pero para entrar en esos terrenos de lo macabro y de la inteligencia superior habrá que esperar...
El fin justifica los medios. Esa es la única realidad a la cual debería avenirse el hombre en estos tiempos, dado que de cualquier modo siempre ha sido así. Más allá del bien y del mal hay una verdad cierta: el padre odia al hijo en lo más intrínseco de su ser, aunque a la vez le ame como sólo puede amar a su propia especie, a su oportunidad de inmortalidad, pero he ahí la semilla del consecuente odio fingido. Una madre sólo puede envidiar y perecer ante el deseo de la hija, la muralla se levanta por no separarnos tal como cualquier otro mamifero, en cuanto más o menos podamos valernos solos. La noción de familia ha vuelto a la sociedad decadente, el que hoy en día no exista como tal, porque es natural que sea así, ha creado un caos emotivo porque el adolescente cree en lo que la sociedad tradicional dice: el padre, la madre, debería estar presente, cuando bien podría aprovechar positivamente la indepencia, sólo la usa para llamar la atención y quejarse de ese abandono que ve en modo negativo y del cual se sirve para justificar su falta de sentido a la vida.
La razón estaba en Nietzsche y aunque se equivocara como todos, siempre vuelvo a reconocer que sólo él saber poner el dedo en la llaga de toda la cultura milenaria en que se ha basado la humanidad...






viernes, 5 de octubre de 2007

TU Y LAS DESAPARICIONES DEL MUNDO...



No te conozco, si acaso unas cuantas imágenes y todas las palabras que desde hace años alimentan la virtual pasión por la posibilidad que representas.

La vida es enajenante cuando danzas en un mar de obnubilados pensamientos y así te dibujo en la oscuridad de un suicidio aplazado, siento tu angustia colapsada en el tormento de intentar hacer lo que todos, un trabajo, una familia, una casa, ese tiempo en que pareces otro y no el que aparece cuando escribes.

Uno debe cortar y partir de cero, cortar con bisturí la piel que se ha vuelto dura, cortar y raspar hasta el hueso las obsesiones, aunque las cicatrices siempre habrán de recordarlas. Hace años la vida era otra cosa, la negación pura, destrucción de todo lo que hubiera magnificado la intensidad del dolor. La vida era una puta en venta, una mujer ociosa que va de piel en piel buscando olvido. Luego la redención, la estúpida redención que todo mal pecador busca al final de su calvario.

Mil años parecen desde la última vez que un suspiro tuvo trascendencia. El hastío ahora es un olor cotidiano, un estar harto que sin embargo ayuda a prevalecer en la vida austera y obligada que se elige por querer preservar la especie y querer hacer las cosas bien. Veo a mi alrededor y ciertamente el mundo sigue siendo un botadero de miserias que día con día crece en hedor, en población de moscas girando en torno a miembros descompuestos.

Cada miembro representa las ilusiones vagas perdidas en la infancia, el conocimiento real de lo que hoy se ha vuelto una tradición: el siglo XXI es el de la desaparición, el de la muerte por aniquilamiento esencial. Nada entra y todo se expulsa, empezando por la comida. Observo con extremo cuidado a las chicas, pequeñas o no, todas las mujeres buscan desaparecer, a veces también los hombres. Controlan lo que entra al grado de purgarse incluso las moléculas si eso ya les fuera posible. Mientras más ligera sea la figura más fácil será vagar por este mundo donde incluso lo sagrado se ha vuelto anuncio espectacular. Miras de arriba hacia abajo, miras el encuadre de la cámara o la pantalla, miras la imagen ajena de alguien que crees ser tu pero la percepción se disfraza a través de todos los artilugios posibles.

La desaparición del cuerpo, de la grasa, de esas curvas que nos hacían más prominentes y a la vez voluptuosas es seguida por la lenta muerte de una creencia: no vales si no has logrado ponerte en el aparador, no vales si no es en un escaparate donde esperas que vengan a ofrecer la suma más cuantiosa, no vales si no te pareces a la figurilla de moda, no vales sino es por asociación, porque necesitas toda la serie de objetos y relaciones que te pondrán en el lugar adecuado, a la hora exacta, sobre la gran estrella por la cual has luchado tanto.

Comienzo pensando en ti y termino observando el mundo. Tus ojos son los prismáticos que me han llevado al holocausto de la reflexión. Te pienso como el ser con el cual podría tener conversaciones eternas. Sin embargo he dicho que no te conozco y muy apenas sé que existes, a través de esta segunda vida que tenemos gracias a un cable, gracias a una luz eléctrica que invade nuestras pantallas. Ausentarme de ti es pensar qué estarás haciendo en tu mente, que será lo que te aleja, lo que nos obnubila. Tengo miedo de conocerte, así como el miedo es parte natural del instinto de conservación.