lunes, 2 de julio de 2007

¿Cuántos se atreven a mirar el otro lado del espejo?






Hace tiempo, quizá ya muchos años que una voz ahora lejana leyó para mí la historia de Alicia, esa niña con vestido (¿azul?) que se pierde en el jardín de su casa por seguir a un conejo blanco con sombrero de copa y reloj. Todas esas experiencias surrealistas que Alicia vive en su entrada al otro mundo, a la edad de nueve años parecían cosas cotidianas, pues yo recuerdo que veía luciérnagas verdes entre los jazmines y que dentro de las gotas de rocío existían pequeñas letras danzantes que había que juntar para leer el mensaje de los seres que venían a jugar con los pétalos de mis rosas por las noches.


¿Cuando fue entonces que la luz se volvió oscuridad?

A los 14 años tenía la sensación de haber olvidado todo, absolutamente todo sobre mi infancia, sobre las muñecas y los juegos de Té. Sólo quedaban vestigios de ese mundo, cabezas de barbies que seguro habían sido degolladas por la ira de la impotencia que el "no" adulto provoca en los niños. También estaban sus cuerpos, esos perfectos y absurdos cuerpos de plástico, con senos de silicona inamovibles, con manos largas en donde los dedos estaban pegados y las palmas abiertas, esas manos habían sido mordidas, despedazadas. También estaba la pareja plástica de la barbie, sin cabeza, sin pene, sin posibilidad de existencia fuera de la mente que lo creó. Sus casas, su ropa, sus carros, el pony, el perro, los hijitos, el salón de modas, la barbie astronauta que no podía ser sacada de su caja de exhibición y el príncipe azul que salvaría a Barbarella. Y todo eso para recordar los juegos, las sensaciones que mi propio cuerpo experimentaba a través del plástico, las ideas que en mi parecían aborrecibles y en las muñecas aceptables, las palabras que no decía frente a mi madre pero que a veces ella escuchaba por equivocación y entonces el castigo era ir hacia la esquina para jugar con mis dedos, los que aún no habían quedado deformes.


La luz se volvió oscuridad cuando Alicia no pudo volver del otro lado del espejo y en éste sólo quedaba una imagen ajena a la que yo había previsto en mi mente infantil, una mente que olvidó a la niña en el lejano jardín de los naipes danzantes, de los gatos que pierden la cabeza y ríen mientras se aferran a sus colas, ahí entre fumarolas de sueños inalcanzables, permanecía la inocencia, esperando a que volvieran por ella. Entonces para llegar hasta esa luz olvidada entre las sombras tuve que recurrir a las fumarolas de opio, a los gusanos de la carne que horadan para saber como acceder a los otros lados que para crecer hay que negar. Esos otros lados estaban tan dentro, tan enterrados, que tuve que desangrarme las manos para volver, para volver y descubrir que Alicia estaba muerta y sólo quedaba de ella el reflejo, el que un espejo roto guardaba… el mío: la mujer con vestido azul y cintas rojas enroscadas entre las piernas...




E.R.V.