miércoles, 23 de mayo de 2007

NIETZSCHE



“La escritura del sí mismo en Nietzsche”
(Una reconstrucción ontológica de la mirada…)
I
* La conciencia se devela a través de la escritura ontológica del sí mismo *

Nietzsche “sólo pensaba para sí mismo, escribía solo para él, ya que transmutaba en pensamientos su propia sustancia”.
[1]

Este trabajo parte de la idea de que ningún filosofo permite acceder a su obra a través de su vida tanto como Nietzsche, para ello basta observar que el propio tratamiento de los múltiples autores que comentan a Nietzsche, justifica y plantea la necesidad de acudir a la biografía y personalidad de este pensador para poder descifrar y discutir algunos aspectos de su filosofía.
Nietzsche, quien en su primera etapa, cuando su objetivo era analizar a los griegos, demostró su interés en la “actitud” de este primer tipo de filosofo que nace en la figura de los pensadores preplátonicos, lo cual pareciera dar en un punto clave para poder señalar que si el mismo autor a tratar lo consideraba un método de acercamiento, no sería equivocado permitirse esta misma herramienta para el análisis que se desea realizar con respecto a ciertos puntos de su pensamiento. “Para aprender a conocer a los griegos es muy valioso tener en cuenta que algunos de ellos llegaron a tomar conciencia más allá de sí mismos; sin embargo, casi más importante que esta conciencia es su personalidad, su actuar”.
[2]


Esta cita abre el camino en cuanto a que es la conciencia de Nietzsche la que nos interesa ante todo, pues de ahí surgirá el camino por recorrer, así como los bruscos cambios de enfoque que tendrá su filosofía, pues es su conciencia, su sentir, su pensar, lo que decide en último momento la ruta final, la que nos lleva hacia su concepción del superhombre, el eterno retorno y su creación del “filosofo del porvenir”.


Lo que no puede ser puesto en duda, es que el actuar de Nietzsche en la vida esta íntimamente ligado a su obra, a pesar de que en ésta sea la máscara quien habla para ocultar y develar al mismo tiempo, la capacidad demoledora del pensamiento. Lou Andreas Salomé[3] demuestra esto en su obra sobre Nietzsche, pues hacer notar como él mismo advirtió que la gran filosofía anterior a su época era también una confesión de su autor, de sus memorias, insertadas en el gran contexto de la civilización, del “pensamiento” que influye en lo que vendrá a ser el carácter de toda una cultura. Negar la relación entre su personalidad y su filosofía sería opacar, como dice Salomé, lo mejor de su fuerza creadora, de su sino, ese que le llevó a los extremos de una misma idea, ya fuera ésta religiosa, científica, moral o un confuso aforismo que martilla oscureciendo lo que ya estaba claro.


Ahora, es necesario partir del siguiente argumento: Nietzsche es ante todo un demoledor de conceptos y en su propio devenir puede observarse la necesidad de superación, pero para él superar un principio será derrumbarlo. Buen ejemplo de ello sería el fin de su amistad con Wagner, así como su crítica a Bayreuth, su decepción ante un genio que de pronto pareció “Humano, demasiado Humano”. Y es que pareciera que este principio de oposición, de no-identificarse, nace en una edad temprana, cuando Nietzsche pierde a su padre y ve su mundo demolido por esta ausencia.

Ausencia que será remplazada por un hogar donde tres mujeres dominan el panorama: abuela, madre, hermana. Quizá esto sirve de umbral para comprender que en su conciencia primera Nietzsche elaboro esa voluntad de poder que se basaría en oponerse a lo que sería la más grande influencia de su vida, pues Nietzsche desarrollo una vigilancia extrema de sí mismo en ese ambiente rarificado por la muerte paterna, primer gran cambio en su vida. El que la oposición lleve a una nueva creación será un punto complejo en toda su filosofía. Oponerse necesita una vigilancia especial, la cual después formará su sagaz sentido crítico, su necesidad apremiante de dislocar y proponer derrumbamientos al orden establecido, pues Nietzsche busca cavar en lo profundo de todo cuanto existe, empezando por supuesto, por su propio pensamiento y el de su entorno.


“Todos hablan de mi pero nadie piensa en mi”, será una frase cimiente de su Zaratustra, frase que desde pequeño parecía irse formando en su recelo, en su eterna diferencia respecto a quienes le rodeaban. Ya en la juventud iría sobresaliendo una característica esencial en su personalidad y pensamiento: “la resistencia irónica”… esa resistencia que surge cuando: “Pensar bajo la forma de las categorías es conocer lo verdadero para distinguirlo de lo falso; pensar un pensamiento “acategórico” es hacer frente a la negra estupidez, y, como un relámpago, distinguirse de ella. La estupidez se contempla: hundimos en ella la mirada, ella nos conduce con dulzura, la mimamos al abandonarnos a ella; sobre su fluidez sin forma tomamos apoyo; acechamos el primer sobresalto de la imperceptible diferencia, y, la mirada vacía, espiamos sin febrilidad el retorno de la luz.”[4]

Nietzsche buscará distinguirse de la “masa”, de los borregos y esclavos que necesitan un gran pastor, ya sea un religioso o un creador de sistemas filosóficos. Tomar partido por algo, por alguien, es perder voluntad de resistencia, voluntad de poder ser autónomo entre la manada que representa una cultura “decadente”. Ser un crítico de la existencia permitirá a Nietzsche el soportar la propia, ser crítico de la estupidez y engaño en que vive el mundo, la finalidad y principio de su pensamiento. En esa primera mirada crítica de Nietzsche que se cierne sobre sí mismo, es donde hay que mirar con detenimiento para entender los fundamentos que dan continuidad a sus obras, por más distintas que pudieran ser entre sí.
Esa mirada vigilante provocará la desconfianza primera, la cual será producida en el seno de su hogar, pues las motivaciones de todos aquellos que irán formando parte de su vida serán cuestionadas. Pero incluso antes de ese resquemor, ya existía la desconfianza hacia su propia conciencia, hacia su “genio”, el cual siempre tenía que ser desafiado para así crecer hasta llegar a sugerir el pleno carácter de Zaratustra, del superhombre que sólo sería entendido por el pensamiento futuro. Ni él ni su personaje igualmente ermitaño, necesitan del “entendimiento” de otros para poder propugnar sus ideas, Nietzsche se opone a cualquier relación de cualquier especie porque sabe que compartirse es dejar de estar consigo mismo, con el silencio abrumador en donde nacen sus aforismos más terribles. Luego esa soledad que busca el sabio será llevada al límite por la enfermedad. Tampoco se trata de afirmar que la enfermedad sea elemento de la obra por sí misma, pero es indudable que el rumbo tomado por Nietzsche fue dominado de un modo u otro por la necesidad de alejarse de una ciudad, de un grupo de personas, de su trabajo, por las “condiciones especiales” que debía tener para poder combatir esa enfermedad que parecía venir de sus propios pensamientos.

II
* La música como único espacio de fusión y rompimiento de limitaciones *

Es así, que Nietzsche señala en varias ocasiones que sólo en la música encontró algo distinto a la resistencia, es decir, posibilidad de fusionarse, de ser llevado por una corriente que le muestra la inmensidad que sobrepasa las limitaciones de la realidad cultural humana. La música adormece la enfermedad, no sólo la del cuerpo, sino la de las palabras y los conceptos que forman la realidad engañosa en que vive el hombre, por ello Nietzsche quiere “hacer música con el lenguaje los pensamientos y los conceptos”
[5].


Pero Nietzsche sabe que en una cultura como la suya (más aún como la nuestra), nadie escuchará un canto excepcional, al contrario, nadie escucha sino se dice a gritos, a empujones. La música salva el alma, lo más espiritual del hombre, la música supera las limitaciones del lenguaje lingüístico, su equivoca multiplicidad de significaciones. El misterio esta en la ondulación de un sonido que refleja la imagen del mundo, eso que se ha ido perdiendo ante la formulación de conceptos necios, como el de la razón totalizadora. La música es la más perfecta resistencia frente al supuesto orden que enmascara al caos. El estado Dionisiaco que Nietzsche formularía en “El nacimiento de la Tragedia”, demostraría que sólo en el abandonamiento de sí mismo puede traspasarse la barrera y el límite usual de la existencia individual. Pero lo que propone el sabio griego, es decir, el primer tipo de filosofo, es que para hacer filosofía, para asombrarse del mundo y separarse de él, buscando sus causas y efectos, el hombre debe ser Apolinio, debe buscar el limite, el orden, lo claro, lo único en contraste con lo múltiple.


Distinguirse del arrobamiento orgiástico que crea Dionisos con su música, apartarse de la belleza que causa el sentimiento de que todo tiene sentido para encontrarse con la negación que propone el autoafirmarse fuera del estado donde se desdibujan los bordes del “yo”, son las condiciones para alcanzar el conocimiento y la sabiduría, aunque ello conlleve que el hombre deba sustraerse al placer que produce, la música, la danza, el arte, los cuales unifican el ser del mundo; a costa de perder la conciencia individual.


La complejidad resulta en que el hombre busca una vida individual sencilla, esto significa el protegerse a sí mismo de cualquier terremoto interno, aceptar las normas del exterior sin fundirse con ellas. El hombre sencillo es aquel que en algún momento admiró Nietzsche, el hombre positivista y científico que se enfría bajo los dominios de la ciencia y se resguarda así de la fuerza demoledora que es la pasión. Por ello el hombre inventará otra clase de placer, para soportar su existencia sin tener que arriesgarse a escuchar una música que hechice y haga perder el rumbo (tal como las sirenas hacían con los marineros de la antigüedad).


III
* El juego de la existencia: escape de la Angustia y del Absurdo *


“El juego”, principio desencadenante de toda voluntad, estimula los afectos, los conduce hacia un fin, el cual siempre busca huir del aburrimiento producido por la incapacidad del hombre para mirarse así mismo. El hombre busca perderse en cualquier cosa que lo aleje de su propia conciencia, de la voz y música interior que le hace sentir ante todo: angustia.
¿Qué angustia? La del Sin sentido. Escapar de esta sensación de “tiempo vacío”, de esfuerzo que nunca será totalmente gratificado nos conduce a la desesperación y luego a la apatía, finalmente al nihilismo, el hombre tiene que encontrar el sentido de algo para poder creer en ello. Lo irrelevante del mundo se refleja en lo insignificantes y frágiles que somos. Nietzsche busco la oposición a todo ello, primero al no doblegarse ante la enfermedad del cuerpo, pero tampoco a la de su época: el conformismo conceptual en que había caído el mundo. El aburrimiento y la apatía de una existencia llevan al absurdo, Nietzsche tuvo que escapar de un primer absurdo: el quedar sólo en un mundo femenino cargado de formas y sensibilidades incomprensibles.
El primer gran absurdo al que todos nos enfrentamos es la vida, esa vida que es única e intransferible, ante todo no elegida, impuesta, aquejada por la voluntad de un mundo que se nos opone como un monstruo. ¿Cómo llega uno a ser?... no sólo es una pregunta sobre la identidad, sino sobre qué es lo que cada uno debe lograr, como si la vida fuera lo que hay que soportar, hasta sublimarla. Querer ser algo más allá de lo que las propias posibilidades sugieren parece ser una de las metas que se oponen a lo monstruoso, combatir el absurdo es sobreponerse a la vida, conquistarla, desafiando lo que se debía ser, lo que se creía, para así buscar un nuevo modo de actitud, una nueva responsabilidad consigo mismo.

Ahí comienza la escritura sobre sí mismo, ahí comienza toda la filosofía que ha venido a comprobarse en este mundo futuro, la filosofía de Nietzsche que señala la necesidad de que cada quien sea su propio Dios y fundamento, pues lo único que poseemos realmente es nuestro “yo”, si es que lo hemos sabido modelar, raspar, endurecer. La angustia sólo puede ser dominada por la voluntad de evolucionar, de traspasar nuestros propios condicionamientos hasta llegar a ser la promesa que en un inicio nos planteamos, aunque el mundo pareciera estar en contra.
Nietzsche quiso desenmascarar el misterio de los griegos como la cultura portadora de los primeros conceptos filosóficos (vigentes hasta la actualidad), pero ante todo quiso señalar que en la actitud de los griegos, en la actitud filosófica para con el mundo es donde esta el germen de la auto afirmación. Foucault parece llegar a esta conclusión al final de su obra, cuando convierte la vida misma en un cuidado “estético”, él mismo plantea ideas reveladoras sobre lo que llamó “el cuidado de sí”, que rastrea desde Sócrates, en su principio del auto conocimiento. Al equiparar “conocete a ti mismo”, con “cuida de ti mismo”, Foucault parece acercarse como en tantas otras obras a varios ideales Nietzscheanos sobre la concepción del sujeto, pero ante todo sobre como “un sujeto debe llegar a ser lo que es”.


¿Quiénes podemos ser? Es la última pregunta, la última fase en el pensamiento de Foucault, pregunta que se vio precedida por otras dos igual de importantes: ¿Qué podemos saber?, ¿Qué podemos hacer? [6] ¿Qué es ese cuidado de sí mismo? Foucault siguiendo a Nietzsche pareciera hablar de que el propio vivir debe desencadenar en una “filosofía”.

IV
* La reconstrucción ontológica del sí mismo y el llegar a ser *

El cuidado de sí mismo implica la auto conciencia, la proposición de Nietzsche “llega a ser quien eres” sólo se logra por una reconstrucción ontológica. Si hay algo que Nietzsche no destruyó en la metafísica, fue ese último lugar del sujeto como algo que debe sustraerse del engaño gramatical que trae consigo el creer que sólo por decir “pienso, luego existo” ya existe por sí mismo un sujeto.


“Nietzsche pensaba explícitamente y con énfasis en la primera persona del singular aun cuan él mismo descubriera que el enunciado “yo pienso” es una seducción de la gramática. El predicado pensar, exige un sujeto. En consecuencia se declara que el “yo” es sujeto, pero lo que produce la conciencia del yo es el acto del pensamiento… Nietzsche sabe que él es Nietzsche, a sus ojos valía la pena ser el mismo”. [7]


Ese sujeto supuesto en la frase de Descartes para Nietzsche es una broma lingüística que nos juega la lógica de nuestro pensamiento traducido en palabras, ese “pienso, luego existo” no trasciende puesto que el sujeto no existe desde antes, no es una sustancia metafísica comprobable por medio de la duda, sino una simple demostración vana de que la existencia es pensante, pero no basta pensar, ese pensar debe ser puesto en acción por medio de la voluntad y de la resistencia para que entonces pueda darse la formación de un sujeto, un sujeto que deberá cuidar de sí mismo para poder llegar a ser un “documento digno de citarse”.[8] El sujeto debe verse como una narración futura, debe contemplarse a futuro, eso que Nietzsche hizo consigo mismo cuando se dio cuenta de que él hablaba para las épocas futuras.


La vida es un ensayo del sí mismo al que debemos acceder, ser el propio autor de nuestra vida, saber que las elecciones han sido nuestras a pesar de cualquier circunstancia. ¿Qué significo para mí mismo? Es una pregunta igual de importante, pues la trascendencia siempre ha estado en la esfera de la significación.


La cuestión es una “tecnología” porque debe existir un método para abordarse y describirse a sí mismo, para que en un futuro seamos nuestros propios lectores. En estas ideas parece haber un prototipo de lo que Foucault llama la “racionalidad retrospectiva”, sólo que en este caso la propia racionalidad debe ser construida por el sujeto ya visto como algo que va a llegar a ser y que después tendrá que mirar en retrospectiva su propio quehacer como sujeto y filosofo.


Quizá la diferencia mayor entre Nietzsche y la concepción última de Foucault a este respecto es que para él las prácticas del sí mismo son los medios por los que podemos cambiarnos a nosotros mismos para convertirnos en sujetos éticos, pues el objetivo de la vida ética o telos determina la clase de ser a la que aspiramos cuando nos comportamos de una forma moral.”[9]


Para Nietzsche lo moral pareciera reducirse a ser “congruente contigo mismo”, aunque eso deberemos profundizarlo más adelante. En su juventud Nietzsche parece creer aun en conexiones llenas de sentido, lo cual después pareciera cristalizarse en la despersonificada voluntad de poder o fuerza creadora. Nietzsche encuentra esta especie de conexión o fuerza ya desde muy pronto en las palabras, escribir lo que uno piensa y espera de sí mismo parece concedernos un poder superior, una seriedad y un sentido que se ve empeñado en la “mayoría”.

La poesía, así como la música, son dos artes donde Nietzsche puede ver este poder que va del pensamiento hacia algo más sublime, en ese orden pensamiento y creación se unen para generar conceptos, esos que vendrán a derrumbar viejas concepciones, proponiendo un nuevo horizonte de significados, tanto en lo teórico como en lo práctico.


La fuerza creativa de la vida y del hombre mismo vendrá a reemplazar a Dios. Esta fuerza a la cual a veces hay que oponerse y otras entregarse, nos lleva hacia un Destino. “El destino, tal como lo entiende Nietzsche, es la contingencia, la casualidad y necesidad alejada de todo sentido.”[10]


Para que exista un sentido debe existir una unión entre lo que es el destino y la libertad. Dios es la libertad absoluta, ¿cómo entender esto?... en 1862 Nietzsche cavilaba sobre Dios y el mundo, aún joven ya tenía en claro que a pesar de cualquier confusión siempre habría un principio del cual partir: “Habría que llegar a ser un individuo que se configura a sí mismo y que, ampliando sus círculos, tiene la fuerza de elevarse en la medida de lo posible… para ello se requiere la convicción de que nosotros somos responsable solamente ante nosotros mismos.”[11]


No es necesario acceder a otra vida ni seguir los preceptos de un Dios en esta, nosotros debemos convertirnos en lo que el hombre realmente es, ese es el sentido y la finalidad. ¿Qué debe ser y hacer el hombre?... pareciera en primera instancia que comprendernos a nosotros mismos es la tarea más urgente, ¿qué debo llegar a ser y para qué? Son las preguntas esenciales en la vida de un hombre, en ese sentido el hombre debería ser capaz de liberarse de los condicionamientos de su propia cultura o modificarlos, engrandecerlos, tal como hicieron los griegos en su momento.

[1] Salome, Lou Andreas. “Nietzsche”. Editorial JP, 2000. Pg. 5


[2] Nietzsche, Friedrich. “ Los filósofos Preplatónicos”. Clásicos de la Cultura. Editorial Trotta, Pg. 18


[3] Escritora Rusa que tuvo amistad con Nietzsche, autora de una de las biografías más contemporáneas a la propia vida del filósofo.


[4] Foucault y Deleuze. “Theatrum Philosophicum seguido de Repetición y diferencia”.
Anagrama, Barcelona, 1970. Pg. 38.

[5] Safranski, Rüdiger. “Nietzsche, biografía de su pensamiento”, Tusquets Editores, 2004. Pg. 18


[6] [6] ¿Qué sé?, ¿Qué puedo?, ¿Qué soy?. M. Morey, en el prólogo de la obra: Foucault, escrita por Gilles Deleuze, Editorial Piados. Pp. 17

[7] Safranski, Rüdiger. “Nietzsche, biografía de su pensamiento”, Tusquets Editores, 2004. Pg. 28

[8] Idem, pg. 29


[9] Popkewitz, Thomas (compilador). El desafío de Foucault. Ediciones Pomares-corredor, España. 2000. Pp. 83-84.


[10] Safranski, Rüdiger. “Nietzsche, biografía de su pensamiento”, Tusquets Editores, 2004. pg. 40


[11] Idem, pg. 41